La noche en que Córdoba ‘se calentó’ para siempre

Justo a la entrada de la trocha que rodea los límites del caserío Mejor Esquina, a eso de las 10 de la noche, un campero frena en seco. El chofer apaga las luces y el paisaje de la sabana se cubre de negro. A lo lejos, en la casa de la familia Martínez, donde unas 200 personas celebran la fiesta del domingo de gloria, los destellos luminosos y la algarabía de la orquesta Tres de Mayo de Monte Líbano guían en la penumbra el camino de los misteriosos ocupantes del jeep. De repente, los acordes de celebración del fandango se confunden con los sonidos de los movimientos erráticos del ganado en el monte, que huye asustado. Golpes secos sobre la tierra y troncos que se quiebran, alertan a la gente. Al mismo tiempo, el estruendo de un balazo retumba en las ventanas de la entrada de la casa. La primera víctima es Tomás Berrío, el profesor del pueblo. Su cuerpo yace ensangrentado en medio de los ocho hombres armados que bajaron hasta allí con órdenes de asaltar la fiesta y dejar con vida solo a algunos, “para que hubiera quien llorara a los muertos”. La infamia era la antesala de la embestida que tomó por sorpresa la sala principal de la finca, donde el grito “guerrilleros hijueputas” dio inicio a un ritual sangriento que duró una hora eterna. Así comenzaba a escribirse la primera masacre paramilitar en la historia de Córdoba, ocurrida la noche del 3 de abril de 1988, Domingo de Resurrección...

¿Se sentaría a meditar en la calle con extraños?

En Bogotá caminan al día unas tres millones de personas. ¿Cuántas se regalan unos minutos para hacer una pausa y respirar? Sentarse Juntos quiere que sean cada vez más. Era la primera vez que meditaba en un lugar público. El pulgar de la mano derecha me palpitaba sobre la palma de la izquierda, como si bombeara su propia sangre y, a pesar del resplandor metálico del cielo nublado, luchaba por mantener los ojos cerrados. Mi atención seguía los pasos de la gente alrededor y sus afanes. Una cola de pensamientos amontonados reclamaban reconocimiento cuando volvía. “Respira, respira…”, repetía, tomando bocanadas profundas de aire helado. Tenía la espalda como un arco rígido y la cabeza en todas partes. Eran las 10 de la mañana y estaba acomodado en el piso de ladrillo de una gradería del Parque Bicentenario. Hacía parte del encuentro más reciente del grupo Sentarse Juntos. A mi lado, hace más de una hora, meditaban en hilera Nathaly Jiménez y las tres integrantes más activas de esta iniciativa que nació en Francia y se realiza una vez al mes en Bogotá...
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